miércoles, 14 de marzo de 2012

Nunca fueron buenos

Ni las segundas partes, ni los excesos, o los extremos, como prefieras llamarlos.
Habla una adicta a las nuevas tecnologías. De mí se podría decir algo así como que érase una chica a un ordenador, a un móvil y a un ipod pegada, pero, no voy a ser injusta conmigo misma, sé cuando parar.
Y a qué viene todo esto, diréis, ¿no? Pues bueno, supongo que el exceso de tecnologías y mecanización en nuestras vidas surge como tema de discusión en una cabecita, cuando una servidora se encuentra en una tarde a un par de parejas cogidas de la mano que en lugar de darse cariñitos, y, como dice una muy buena amiga, comer delante del pobre, se dedican cada uno por separado a escuchar la música de su reproductor. O cuando ve que gente con la que ha mantenido una de las mejores "ciberconversaciones" de la semana, el mes, o de su vida, a la cara parece que le da vergüenza, o, básicamente, es una persona totalmente distinta.  Y, a una se le aparece en la mente la frase: "¡Qué lástima!". Junto con cosas del tipo: "ojalá fuera como cuando éramos niños, cuando no había tantas cosas de por medio, y sobraba un "¿quieres jugar?" o un "¿quieres ser mi amigo?" y, ya, lo difícil, estaba hecho". Es entonces cuando recuerdo que eso ocurría en mis tiempos mozos, cuando los niños de 6, 7 años, no teníamos móviles, ni cuatrocientasmil cosas con otras quinientasmil que no sabemos para qué están ahí, pero que están.
Sientes lástima, por lo menos yo. Aunque lo mismo hablo desde la ignorancia, y no estamos creando antisociales en potencia, o personas sólo potencialmente sociables sin contacto personal con los demás, sin empatía, ni nada por el estilo. Cabría esa posibilidad, por supuesto, pero yo soy cabezona de por sí (MUCHO) y si encima encuentro cosas como ésta que os dejo abajo, me cuesta creer que me esté equivocando al pensar que, a lo mejor, nos estamos pasando.




Los sentimientos no se deben, no se pueden, mecanizar. Son intrínsecos a la naturaleza del ser humano, meterles cosas de por medio sólo los entorpece y les hace perder su esencia, su autenticidad.



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